martes, 1 de febrero de 2011

SERENATA Nº 1

Hoy está vestido para la guerra. Su arma no hace daño, ya no funciona, pero la porta orgulloso. Su cuerpo revela las huellas de los lugares que ha visitado. Su uniforme es impecablemente rojo. Los botones dorados brillan con luz propia. Usa los guantes blancos porque está de guardia y el sombrero negro porque hoy en Londres hace frío. Sus zapatos están recién lustrados y los levanta con cuidado para no ensuciarlos. Una vara se le clava en las costillas. Marcha con fusil y bayoneta al hombro y se mueve con pasos coordinados. A veces se para, apaga motores y empieza de nuevo con más fuerza que antes. Se pintó la cara para que no lo reconozcan; arriba dorado y abajo negro. Un par de estrellas oscuras le enmarcan los ojos. Del lugar donde deberían estar las orejas salen dos cordones que le permiten desprenderse de esa nueva cara. Se ríe porque sabe que hoy no lucha, que ya no lucha más. Pasa los días vigilando desde lo más alto. No se detiene aunque llegue a la orilla. De vez en cuando le gusta lanzarse en caída libre. Porque allá abajo se encuentra la princesa que alguna vez lo rescató y que lo llama todas las noches desde su cajita musical.

miércoles, 26 de enero de 2011

EN ESE INSTANTE

El reloj no deja de sonar y el segundero empieza a hacer un ruido insoportable. Uno no puede dejar de mirarlo. Un segundo, quince segundos, un minuto y quedan tres para que llegue. Revisa el teléfono por si se le escapó algún mensaje. Se ubica frente al espejo. Tenemos que hablar. Y el espejo no oculta esa mirada nerviosa. No quiero que lo tomes a mal. Y cuando es la hora, un minuto parecen cinco, quince. Y uno corrige su peinado y se acomoda la camisa. No quiere parecer vestido para la ocasión. Aunque lo está.

Suena el timbre. Uno agarra las llaves y espera el tiempo que tardaría de la habitación a la cocina. Y entonces contesta. Hola, ya bajo. Y mientras camina por el corredor repasa el saludo: un abrazo corto y un beso en la mejilla. ¿Cómo estás? Llegas temprano. Y se llena de valor y entra al ascensor. El camino de bajada se hace larguísimo. Uno repasa otra vez el aviso de revisión. Se cerciora de que la firma de agosto siga ausente. Recuerda por qué lo quiere hacer. Esta vez no se mira al espejo. No quiere ver su mirada que lo delata. Revive las peleas en la madrugada y los celos furiosos. Juega con las llaves e intenta que el sonido del metal lo distraiga.

La ve parada en la puerta y entonces todo se le olvida. El abrazo se prolonga y el valor se escapa con el papel del reparto a domicilio. Un te extrañaba lo cambia todo. Y entonces uno ya no quiere darse un tiempo. Dibuja una sonrisa en su pelo, en su aroma, en su piel. Un te amo lo vuelve indefenso. ¿De qué me querías hablar? Y la cabeza corre a comprarse una excusa.

martes, 4 de enero de 2011

De cuando esgrafiaba en el jardín


El jardín era mi lugar favorito. Mi abuelo le había plantado unas rosas a mi abuela. Crecían tan alto que se asomaban por la pared que dividía las casas. Era un espacio que no pasaba de los tres metros cuadrados. Un universo listo para ser explorado. Me acostaba en la tierra, al lado de las piedras que lo enmarcaban en el patio. Llevaba siempre mi copia y mi cropino y pasaba la tarde jugando al biólogo.

Me gustaba ver como las nupias se escondían debajo de las piedras cada vez que las tocaba con el cropino. Recolectaban aspias que llevaban hasta el fotio. Era increíble ver como esas nupias, tan pequeñas y débiles, podían alzar aspias que les triplicaban el tamaño. Las nupias eran noñosas, no dejaban que los cudios se acercaran a su territorio y cuando veían alguno salían del fotio y les francataban pontocones que les trepiaban las antenas.

Los cudios fanzaban en las prenias. Traciaban vuldos de arriba a abajo y hercían las frobias para que los grunos no mostiaran las rosas. Eran incansables, dobiaban y plesiaban el las cundias y cuando se tremaban volvían a fanziar debajo de las prenias, justo donde el sol no las oñibaba.

A los modianes del jardín les gustaba trochocar las felivias. No era extraño verlos carribanando y presuntando las folcas de la estranta. Al igual que las nupias, los modianes fruntiaban su teruno. Les morialaban especialmente los fupianes. Cada vez que alguno se arrimaba, los modianes se arecolchaban en una rotana y planaban grutidos que pronteaban hasta las crovias de la casa. Los fupianes se aquiesaban y pronían de espianco y resongaban a sus loncas. Agrodaban en las pembias esperando un mejor momento.

Había momentos en que miraba al cielo e imaginaba cientos de jardines. Y me preguntaba si había alguno que tuviera al menos el encanto que tenía el mío. Regresaba con la mirada de nuevo a la tierra y me perdía de nuevo en ese mundo natural.

Si tenía suerte podía llegar a ver monoñiques. No emergían mucho porque preferían grutir bajo la cirruta. Cuando un monoñique lo hacía, se hudanaba el jardín. Las nupias volían las aspias, los cudios yucaban de las prenias, los modianes jufaban las felivias e incluso ni les morialaban los fupianes, que adroliaban para chequesar una que otra folca. Los monoñiques asperaban digadeza. Corsufiaban una prola que ribiaba con el sol. Del fregundo les sildiaban dos hudas de mil colores y de la testona un julino que inspiraba royalesa. Difiaban de a uno. Se hojafaban con trenuda, promenando el jardín de lado a lado. Se corfaban una que otra aspia que le volchaban a las nupias y volvían a fanziarse en su hinco de malchubas.

Yo pasaba la tarde esgrafiando en mi pocola de curnía. Los esgrafiaba de a uno y sensiquelaba cada hoja. Les froía noldes y les dorogotiaba las prolas del carpecio. Cuando me oyaba, agarraba mi copia y mi cropino y salía corriendo de nuevo a mi habitación. Todavía sulo mi pocola. La gurlo como un yusolo. Porque cuando ahomo los queriales la abro y frendo mis esgrafías.

Y entonces me encuentro acostado de nuevo en el jardín.

lunes, 1 de noviembre de 2010

CONDENADAS


Al fondo sigue en pie una de las ciudades hermanas. Despertó a la fuerza por el ruido de las explosiones. Ni las paredes amuralladas serán suficientes para protegerla. Sus habitantes se preparan para huir. Observan desde las ventanas el humo que oculta a la luna. El campanario retumba y da la orden de desalojo. Incluso los soldados han escapado, porque saben que no podrán defenderse. Solo la luz de una de las ventanas permanece apagada. Es la habitación de la que conoce su futuro y el futuro de las ciudades. No se levanta, no hace las maletas ni prepara provisiones. Ella sabe que no vale la pena huir porque la destrucción es inminente.

Del río empiezan a llegar los que lograron escapar del fuego. Navegan con dificultad porque el agua ha empezado a condensarse. Los de la embarcación más grande reman con esfuerzo y han bajado las velas porque esa noche el viento no sopla. El pescador ha tomado el mando y los guía en la ruta más corta para poder llegar al mar. Saben que allá, en donde el humo aún no llega, aún tienen esperanzas.

Solo mujeres y niños, grita el carpintero. Y las mujeres dejan que sus niños suban primero y los abandonan en las barcas. El carpintero intenta alcanzar al otro barco, pero él sólo los construye y de navegar no sabe nada. Se desvían de la ruta y se quedan a su suerte en medio del río. Ni siquiera las almas inocentes se salvan de la masacre.

Una pareja de valientes ha podido escapar. No lograrán llegar a su destino, pues todo estará hundido en el agua antes de que logren cruzar la montaña.

En la ciudad de la derecha el calor es insoportable. No se puede respirar en medio del humo y el azufre. A los pocos que quedan les cuesta moverse. Unos hacen lo que pueden para alejarse de las llamas. Un hombre carga en hombros a su esposa inconciente y otro ayuda a la suya a llegar a las partes más altas. Ambos sienten la angustia de la muerte pero seguirán luchando por sobrevivir. En cambio hay quienes se entregan a las llamas porque prefieren morir quemados y otros que se encierran en los pisos más bajos y esperan a que el nivel del agua suba, porque es menos doloroso morir ahogado.

El fuego de la ciudad es alimentado por un rayo que sale de la montaña. Está a punto de quebrarse en dos. Se sabe que de su interior saldrá la lava que sepultara las ciudades. La lava se volverá roca y sepultará también su recuerdo. Pasarán a ser ciudades perdidas y se contarán historias de lo que alguna vez fueron.

Las edificaciones más cercanas al río y las que más arden con el fuego son la biblioteca y el observatorio astronómico. Solo los sabios se preocupan por rescatar algo de su historia. Uno sube las escaleras hasta la entrada, agarra los libros que aún no han sido destruidos, baja de nuevo y lo espera otro que los recibe y los guarda en la fosa secreta, en el único lugar al que el fuego no puede entrar. Los protege y los encierra bajo llave, como un tesoro, esperando que algún día alguien pueda llegar a encontrarlos de nuevo.

Del río sale un resplandor que asusta a los animales. Puede ser que el agua también quiere estallar o es sólo un aviso para que huyan, pues son los únicos que podrán sobrevivir. Han adaptado las formas de supervivencia de las cucarachas. Han transformado sus cuerpos, porque no tuvieron opción, porque su espacio fue reducido a una pequeña porción de tierra, porque los humanos los obligaron. La iguana tiene cola de pez, porque aprendió a vivir bajo el agua. Tiene garras enormes y filosas porque se volvió carnívora y sale a cazar las presas que se encuentran en la orilla. La zarigüeya ha desarrollado un potente veneno que inyecta a través de su cola de alacrán. El gato se volvió subterráneo y ciego como los topos. El conejo aprendió a volar y al igual que la abeja mata con su aguijón al precio de su propia muerte. Todos esperan en la orilla. Esta noche no intentarán comerse y esperarán pacientes la nueva tierra que será creada sólo para ellos.

En el césped hay dos mujeres recostadas. Son hermanas como las ciudades. Gemelas idénticas. Bien podrían estar descansando porque atravesaron el río nadando, huyendo de una muerte segura, y creyeron que en la otra orilla estarían a salvo. Les cuesta respirar y con esfuerzo levantan la cabeza con la intención de rescatar un poco de oxígeno del ambiente. O podrían estar muertas, porque al ser las causantes de la tragedia han sido tiradas al río y el río las ha traído hasta la orilla y golpearon contra las rocas y el río las tiró al césped como pudo y no están levantando la cabeza porque no pueden, porque el cuello roto y sin vida no puede soportar tanto peso.

Están tiradas debajo de lo que alguna vez fue una iglesia. De la iglesia no queda sino una pared, una columna y una ventana que alguna vez tuvo un vitral de alguna imagen sagrada. De la ventana se cuela una luz. La luz de las llamas que alumbra la pared y que le presagia su destino de cenizas.


Imagen: "El sueño de Rafael" de Marcantonio Raimondi (N.A)

martes, 5 de octubre de 2010

SHADOWS

Estás sentado en la silla del parque. Son las cinco de la tarde y el sol te da en la espalda. Sobre el asfalto ves tu sombra que se proyecta. Está tu figura tan esbelta que te parece extraña. Una persona de dos metros, con la cara alargada ocupa tu lugar en la proyección.

Te gusta ver cómo las sombras de los caminantes se entrecruzan con las tuyas. Forman seres de dos cabezas, cuerpos con cuatro brazos o seis o siete. Realizan movimientos coreográficos que se interrumpen con tu sombra. La tuya y la de los que caminan por detrás se proyectan sobre los pies que caminan a prisa por delante.

Entre tanto movimiento alguien se detiene. Sabes que es un hombre. Tiene espalda ancha y cuerpo recto. Su sombra se ubica al lado izquierdo de la tuya, unos metros más arriba de la altura de tu cabeza. Lleva algo que bien podría ser un sombrero o un turbante o un animal. Lo ves moverse con el viento o por voluntad propia. No lo sabes muy bien. El hombre se queda quieto, sólo mueve la cabeza de un lado a otro. Está buscando a alguien o viendo a la gente que pasa a su lado.

Entonces una sombra más se detiene. Se ubica a tu lado derecho. Reconoces a una mujer. Su ropa alcanza a mostrar unas curvas bien definidas. Su pelo largo ondea con el viento y se lo acomoda de vez en cuando. Se voltea y mira la sombra del hombre. Se queda quieta, de perfil. Parece que el hombre no se ha percatado de su presencia, o no le importa porque sigue moviendo su cabeza de lado a lado.

Ella estira su brazo por encima de tu cabeza y su sombra toca la sombra del hombre. Le acaricia el sombrero, el turbante o el animal. Al hombre parece no gustarle y se aleja un par de pasos más hacia tu izquierda. Ella intenta seguirlo, pero tu sombra se lo impide. Se siente temerosa de tocarla o simplemente no quiere ensuciar la suya. Se ve impaciente.

Decides correrte un poco más a la izquierda de la silla, como generando complicidad con la mujer. Ella avanza a tu ritmo y entonces vuelve a estirar su mano. Acaricia de nuevo la sombra del hombre, esta vez en el brazo. El hombre mira el brazo de la mujer y luego la mira a ella. Intenta pasar al lado derecho, pero tu sombra se lo impide. No quiere tocarla.

Las dos sombras quieren estar juntas. Si no fuera por la tuya se fundirían en una. Tu no haces nada. Te gusta ver cómo las sombras lo intentan, pasando los brazos y estirando los cuellos por encima de tu cabeza. Con cuidado de no tocar tu sombra.

De pronto, el hombre hace un gesto, tiene una idea. Una nueva sombra aparece. Una sombra roja y redonda. Puede ser una sombrilla o una pelota. No lo sabes muy bien. El hombre ubica la sombra roja justo detrás de tu cabeza. Te rodea por completo y tu sombra se desvanece y se funde con el rojo. El hombre desaparece por detrás y aparece de nuevo a tu derecha. La mujer lo toma del brazo. Ahora sus sombras son un cuerpo con dos cabezas y cuatro brazos. Se alejan caminando por la derecha y detrás los persigue la pelota o la sombrilla.

Tu, que no te habías atrevido a voltear la mirada, esperas unos segundos. Sigues las sombras con la mirada, de reojo. Para cuando vez que están lo suficientemente lejos volteas tu cara rápidamente y apoyas tu brazo sobre el espaldar de la silla. El sol te golpea en la cara y no ves más que las siluetas de las personas que siguen caminando detrás tuyo. Buscas a alguien con sombrero o turbante o un animal en la cabeza. Buscas a una mujer de ropa ajustada. Buscas una pelota o una sombrilla roja que los persiga, pero no ves nada de eso. De su presencia sólo te queda el recuerdo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

FAVORITISMOS

I simply remember my favourite things

and then I don’t feel so bad

Rogers & Hammerstein – The Sound of music


Me alegra dormir las nueve horas que me recomendaron

y echarle un vistazo a esa foto en la que estamos juntos

hundirme entre las cuatro cobijas y las dos almohadas

los cinco minutos de pereza

ese sol frío que se cuela en las mañanas

la primera canción que escucho al levantarme

esperar a que el cereal se ablande un poco

y el olor a mandarina que se impregna en mis manos

el saber que hoy no tengo cosas pendientes

ese mensaje que me desea un buen día

y des

pe

re

zar

me


Me hace feliz darle cuerda al soldadito

y verlo caminar

los tres animales que me miran desde su mundo de colores

dejar que un chorro de agua tibia vaya de mi cabeza a mis pies

saber que tengo que abrigarme

el perro del vecino que me llama en las mañanas

sacar los relojes

escoger sólo uno

volverlos a guardar

ver la colección de monedas de los tres países

la llamada tranquilizadora de mis padres

y las historias de mi hermana

Los dibujos con mi abuela

y la compra de dulces con mi abuelo

desempolvar los álbumes fotográficos


Me pone contento la risa de Marianita cada vez que le hago cosquillas

hacer de monstruo

los pelos rizados

y jugar con ellos

ponerle banda sonora a esos momentos de mi día

ver el resultado de una tarde de dibujo

untarme de pintura las manos y la cara

ordenar de mayor a menor

el corrientazo en la boca por el sabor del arándano

el dolor de cabeza por atragantarme con helado

conocer el final del libro

sentarme en el fondo y ver los cuerpos que nadan arriba

Tener un pretexto para salir a jugar al parque


Me gusta cocinar para dos

ese par de sábados en buena compañía

saber que le hice el día feliz

el mensaje de agradecimiento por una tarde placentera

los regalos que me hace sin razón

que me haga bromear cuando hablamos

que me diga que me quiere

aunque seamos sólo amigos

el golpecito enojado

y ver de nuevo la foto en la que estamos juntos

antes de irme a dormir

domingo, 19 de septiembre de 2010

PACTO

Eusebio salía todas las mañanas a la panadería de la esquina. Compraba diez pesos de pan. Caminaba tan a prisa como su bastón se lo permitía. Llegaba de primero al viejo parque del barrio. Se sentaba en una banca y alimentaba a las palomas.

En eso gastaba sus días. Cortaba trocitos de pan y los lanzaba al suelo. Le gustaba ver como las palomas aterrizaban, corrían, luchaban por las migas y volaban de nuevo. Algunas veces se ponía pan en los zapatos , estiraba las piernas y dejaba que las aves le hicieran cosquillas. Otras veces, se ponía migas en el sombrero. Las palomas trepaban por sus hombros y se posaban en su cabeza y le despelucaban los pocos pelos que aún conservaba. Las palomas lo conocían mejor que la gente del barrio. Y el parque y esa banca le pertenecían.

Una mañana Eusebio no salió a comprar pan. El parque y la banca permanecieron vacíos. Y ese día no hubo más Eusebio. Tampoco hubo palomas.

Esa misma mañana, todos los parques y las bancas de la ciudad quedaron vacíos. Y cuando llegó la tarde volvieron las palomas, pero no volvió ningún Eusebio.

Y es que dicen que esos viejos hicieron un trato con las aves. Intercambiaron migas de pan por clases de vuelo. Y ese mismo día les enseñaron a volar.